Estimados amigos y amigas,
Abajo les copio el editorial, exótico para El Malpensante, que incluimos en la última edición. Tiene que ver con el tema de la hjck por el que ustedes expresaron interés.
Un saludo,
Andrés Hoyos
Director
El espacio público audiovisual
El lunes 21 de noviembre por fin salió del aire la emisora hjck en Bogotá. En su lugar ahora se encuentra algo que desde luego no contará con mi audiencia, pues a partir de ese día los 89.9 del fm quedaron borrados de mi dial para siempre, y no dudo que muchas personas procedieron y procederán igual que yo. Se consumó así el zarpazo gratuito que el Grupo Prisa y sus ejecutivos locales quisieron darle a la cultura de la ciudad y del país. En retrospectiva, hay que enfatizar que tuvieron la oportunidad de portarse con altura y de tratarnos como si fuéramos un país culto y civilizado, pero que optaron por la despiadada lógica de los centavos, ganándose una mancha en su trayectoria en Colombia, antes apreciable, que sin duda afectará en forma negativa los nuevos proyectos que quieran emprender de aquí en adelante entre nosotros. No todo, sin embargo, es negativo; quedan varias lecciones que deberán servirnos y que ameritan este raro editorial en una revista sin editoriales.
Durante la campaña para mantener la emisora en el aire se ventiló la idea de que sacrificios como éstos son los gajes de vivir en una economía de mercado, de modo que bien podemos empezar por ocuparnos de ese tema. Recordarán quienes tengan 50 años, o más, cómo en las décadas de los sesenta y setenta circulaban por el mundo universitario y por amplios sectores intelectuales del país, con no poco prestigio, unas teorías algo caóticas que insistían en que era preferible el socialismo radical al cruel capitalismo imperante. Examinadas luego estas teorías a la luz de lo acontecido en Europa Oriental y en Asia, para no hablar de los lamentables experimentos de Cuba y Nicaragua, resultó que el remedio prescrito era mucho peor que la enfermedad, y la siguiente generación dejó de lado las militancias radicales y los interminables debates ideológicos, para vivir apenas el doloroso coletazo de una utopía degenerada que desde entonces nos viene anegando en olas sucesivas de vandalismo y de terror. Ya no quedan, pues, muchas dudas de que conviene vivir en una economía de mercado, pero de ahí no se sigue, como tal vez piensa cualquier vicepresidente de Caracol Radio, que la mano invisible lo resolverá todo a satisfacción, ni que los desequilibrios detectados entonces, y en su mayoría persistentes hoy, sean una invención de mentes calenturientas o constituyan un problema menor. El mercado, ciego por definición, es incapaz de generar por sí solo una convivencia civilizada y regida por la ética. Así, no sólo sucede que por razones de desalmada contabilidad una prestigiosa empresa española arrasa con una emisora emblemática de la cultura en Bogotá, como la hjck, sino que si mañana volviere a ser legal traficar con seres humanos, de algún lugar aparecerían los inversionistas necesarios para aprovechar la oportunidad de negocio. De hecho, en Colombia hemos sido víctimas de unos “empresarios” criminales y asesinos que se han dedicado, con gran éxito y sevicia, a satisfacer la insaciable demanda de drogas psicotrópicas que hay en el Primer Mundo.
Al mercado, pues, hay que ponerle reglas y límites claros —ojalá también prácticos e inteligentes—, y entre estas reglas y esos límites en Colombia estamos en mora de definir de una vez por todas los que atañen a los bienes culturales que no pueden ser destruidos por el plumazo autoritario del presidente de una compañía privada, por rica y prestigiosa que se crea. Una analogía nos orientará a la hora de abordar el tema, pues así como existe el espacio público físico, representado por plazas, parques, alamedas, ciclorrutas, andenes y demás bienes muebles e inmuebles que se deben preservar, sin duda también existe un espacio público en el espectro electromagnético. Y siguiendo con la analogía, si ya nos estamos acostumbrando a que en las ciudades y campos debe primar lo público sobre lo privado, en el espectro electromagnético la situación no tiene por qué ser diferente. Los grandes medios audiovisuales, que silenciaron la campaña por salvar a la hjck con una unanimidad de sospechoso regusto oligopólico, nos tienen convencidos de que su destino es equivalente al del país y que por lo tanto la sociedad debe permitirles desarrollar y rentabilizar hasta el último rincón del espectro, so pena de vernos condenados al eterno subdesarrollo. Pero no hay tal, porque así como la población rechaza la conversión de un parque público en un edificio de apartamentos y porque así como no es indispensable para el desarrollo de una ciudad urbanizar hasta el último confín del espacio público, tampoco es esencial para el progreso del país que en el uso del espectro electromagnético la rentabilidad sea el único criterio a tener en cuenta. Antes al contrario, el Estado debe garantizar que en esta vertiente del espacio público, al igual que en la física, el interés público prime sobre el privado, y si esto implica limitar las opciones de negocios de los grandes grupos de medios, pues que así sea. Queda visto, entre otras cosas, que cuando se les pide que no estrangulen la cultura y que nos den variedad de programas y de enfoques, así las audiencias para ciertos temas no sean las máximas, ellos una vez y otra se niegan a hacerlo.
Una forma de entender nuestro atraso sería decir que Colombia ha sufrido de una omisión crónica en la solución de buena parte de sus problemas cruciales. Pues bien, en el espacio audiovisual hoy maltratado por la comercialización a ultranza son muchas las visiones de mundo y las opciones de convivencia que se podrían plantear y que no se plantean. Y la lástima grande es que el Estado, con mínimas excepciones, tampoco ha sabido generar una oferta cultural en radio y televisión que pueda mencionarse sin vergüenza. No suele haber en los espacios estatales continuidad, ni calidad, ni inversión, como si al mencionar la palabra cultura el alto funcionario de turno se la figurara siempre vestida de harapos. La conclusión más o menos evidente es que el Estado colombiano, emproblemado y mal financiado como está, tampoco debe volverse productor de cultura, sino que debe dejar que funcionen esquemas mixtos, garantizando los espacios, las reglas y los dineros suficientes para llenarlos con altura, pero sin proveer los contenidos. Eso sí, una vez algo haya demostrado calidad y permanencia en la estima del público, como lo demostró la hjck a lo largo de 55 años al aire, ese algo puede ser modernizado y remodelado pero no debe ser destruido, pues habrá entrado a ser parte del patrimonio colectivo.
Este editorial debe detenerse aquí, ya que nosotros tampoco tenemos respuestas hechas y derechas que se puedan aplicar al pie de la letra al problema planteado. Nos interesan las opiniones que desarrollen lo dicho o que lo contradigan en todo o en parte. De cualquier modo, no podemos esperar hasta que ya no quede espacio público electromagnético para reaccionar a la monotonía y mediocridad de lo que allí se ve y se oye. Tenemos que hacerlo desde ahora cuando todavía hay posibilidades de enderezar, al menos en parte, lo torcido.